GRANDES FALSIFICADORES · ENTREGA 3
Historias reales de quienes intentaron engañar a monedas,
bancos y Estados.
A comienzos de diciembre de 1925, dos billetes de 500 escudos llegaron a manos de los técnicos del Banco de Portugal. El papel era correcto. La filigrana también. Los grabados, las tintas y las firmas no ofrecían nada extraño. Ambos habían salido de las mismas planchas y de la misma imprenta que utilizaba el banco emisor.
Solo había un problema: llevaban exactamente el mismo número de serie.
Uno pertenecía a una emisión autorizada y el otro a una tirada que el Banco de Portugal jamás había encargado. A simple vista, sin embargo, no existía una falsificación que descubrir. La falsedad estaba mucho antes del billete: en el contrato, las firmas, los sellos y las cartas que habían convencido a una de las imprentas de seguridad más prestigiosas del mundo para fabricar dinero por cuenta de un cliente imaginario.
El responsable se llamaba Artur Virgílio Alves Reis. No grabó una plancha, no fabricó papel moneda y no instaló una imprenta clandestina. Su gran hallazgo fue comprender que resultaba más sencillo falsificar la autoridad necesaria para emitir dinero que imitar el dinero después de emitido.









