GRANDES FALSIFICADORES · ENTREGA 2
Historias reales de quienes intentaron engañar a monedas, bancos y Estados.
El 17 de enero de 1964, la policía francesa registró durante horas un moderno chalet de Montgeron, al sureste de París. Su propietario, Czesław Bojarski, era un ingeniero de origen polaco sin antecedentes y con fama de inventor reservado. Los agentes sabían que dos hombres detenidos con billetes falsos lo habían señalado, pero en la vivienda no aparecía una sola plancha, una prensa ni una hoja de papel sospechosa.
La explicación estaba bajo sus pies. Oculto tras una trampilla casi invisible había un taller subterráneo construido por el propio Bojarski. Allí se reunían las funciones que los investigadores atribuían a toda una organización internacional: fabricación de papel, creación de la filigrana, preparación de tintas, grabado de planchas, impresión en varios colores, numeración y envejecimiento de los billetes.
La Banque de France llevaba trece años estudiando sus falsificaciones. Eran tan buenas que llegó a tomar una decisión excepcional: reembolsar a quienes habían recibido determinados billetes falsos porque, según explica hoy la propia institución, el público no disponía de medios razonables para distinguirlos de los auténticos. El supuesto gran taller criminal era, en realidad, un solo hombre trabajando a escondidas de su familia.
El billete que abrió una investigación de trece años
La primera señal apareció el 6 de enero de 1951. Los servicios de la Banque de France detectaron entre sus cobros un falso billete de 1.000 francos del tipo «Minerve et Hercule». No era una imitación burda preparada para superar una mirada apresurada. El papel tenía filigrana, la impresión reproducía varias tintas y el conjunto mostraba una precisión impropia de los pequeños talleres clandestinos conocidos por la policía.
Aquel ejemplar no condujo a un impresor, a un proveedor de papel ni a una red de distribuidores. En los meses siguientes aparecieron más billetes, pero lo hicieron de forma dispersa y sin formar grandes lotes. La investigación podía demostrar que existía una fuente estable; lo que no encontraba era el camino de regreso hasta ella.
Los especialistas terminaron atribuyendo a una misma mano tres falsificaciones sucesivas: los 1.000 francos «Minerve y Hércules», los 5.000 francos «Tierra y Mar» y los 100 nuevos francos «Bonaparte». La calidad crecía de una emisión a la siguiente, como si una imprenta clandestina estuviera aprendiendo de sus propios defectos. Eso era exactamente lo que ocurría, aunque la imprenta cabía dentro de una vivienda y todo el aprendizaje pertenecía a una sola persona.


Imágenes de los tipos oficiales emitidos por la Banque de France, en dominio público y disponibles en Wikimedia Commons. Pinchando sobre las imágenes se hacen más grandes.
Un ingeniero que quería vivir de sus inventos
Czesław Jan Bojarski nació en 1912 en Łańcut, en el sureste de Polonia. Las biografías coinciden en que recibió formación técnica y que llegó a Francia durante la Segunda Guerra Mundial, aunque algunos detalles de esos años varían según la fuente. Tras la guerra intentó abrirse camino como ingeniero e inventor. Diseñaba mecanismos, construía herramientas y buscaba aplicaciones comerciales para sus ideas, pero el reconocimiento y la estabilidad económica que esperaba no llegaron.
Su formación no lo convertía automáticamente en falsificador. Lo que sí le proporcionaba era una combinación poco común de capacidades: podía dibujar, grabar, improvisar maquinaria, resolver problemas mecánicos y repetir un proceso hasta reducir sus errores. En lugar de comprar equipos que dejaran una pista, fabricaba o modificaba buena parte de lo que necesitaba.
En Bobigny mantuvo un primer espacio de trabajo dentro de la casa y más tarde otro en el jardín, presentado como taller de investigación. Su familia veía a un hombre ocupado con proyectos técnicos y viajes de trabajo. Detrás de esa apariencia se desarrollaba una segunda actividad que exigía meses de preparación antes de producir una sola hoja utilizable.
UN NOMBRE CON VARIAS FORMAS
Su nombre polaco era Czesław Jan Bojarski. En documentos y publicaciones francesas aparece con frecuencia como Ceslaw Bojarski o simplemente Jan Bojarski. Las distintas grafías se refieren a la misma persona.
El primer problema no era imprimir: era fabricar el papel
Bojarski comprendió que una imagen convincente sobre un soporte equivocado seguiría pareciendo falsa. El tacto, la transparencia y la filigrana delataban muchas imitaciones antes de que nadie examinara el dibujo. Por eso no se conformó con conseguir papel comercial: aprendió a producir su propia pasta y construyó una pequeña instalación doméstica para formar las hojas.
Los inventarios técnicos del caso describen una maquinaria improvisada con piezas corrientes y elementos modificados por él. Utilizaba papeles de fibras diferentes como materia prima, los deshacía hasta obtener una pasta y controlaba el escurrido sobre una malla metálica. La filigrana no se añadía después: nacía durante la formación de la hoja mediante un relieve preparado en esa malla, siguiendo el mismo principio general que el papel de seguridad auténtico.
También debía imitar el aspecto verjurado y la respuesta de la superficie a la tinta. Cada modificación afectaba a las demás. Una hoja demasiado absorbente emborronaba los trazos; una demasiado rígida se comportaba de forma extraña al doblarse; una filigrana excesivamente marcada resultaba tan sospechosa como su ausencia. La dificultad no estaba en resolver un único problema, sino en conseguir que papel, grabado, presión y tinta funcionaran juntos.
Cuando pasó a los 5.000 francos, perfeccionó el sistema de filigrana con mecanismos de aspiración y vibración. Para los 100 nuevos francos «Bonaparte» ya controlaba toda la cadena: fabricaba las hojas, las cortaba, imprimía cada color por separado, aplicaba la numeración, encolaba el papel y daba a las piezas un desgaste artificial para que no parecieran recién salidas de un taller.
Grabar un billete color por color
El diseño se descomponía en tantas planchas como exigían las tintas y las técnicas de impresión. Para su primera falsificación trabajó con láminas transparentes colocadas sobre un billete auténtico. Había transformado unos pequeños prismáticos Zeiss en una lupa binocular y utilizaba una punta de acero como buril para copiar, línea a línea, los elementos correspondientes a cada color.
A partir de esos trazados obtenía los negativos necesarios para transferir químicamente la imagen a planchas metálicas. Los números, las fechas y las letras de serie requerían sus propios elementos. La impresión se realizaba por pasadas sucesivas, con el papel colocado siempre en la misma posición. Un desplazamiento mínimo entre dos colores podía arruinar semanas de trabajo.
El billete de 5.000 francos le obligó a dar un paso adicional. Además de varias planchas tipográficas por cada cara, necesitaba reproducir la talla dulce, el procedimiento que deja tinta y relieve perceptibles sobre el papel. Para ello adaptó una prensa adquirida de segunda mano y desarrolló un aparato de transferencia que le permitía grabar el metal con mayor precisión.
No trabajaba con una fórmula inmutable. Mezclaba tintas hasta aproximarse al tono buscado, retocaba las planchas y examinaba el resultado bajo aumento. El primer falso de 1.000 francos puesto en circulación en la Navidad de 1950 era, para él, un punto de partida. Los 5.000 francos aparecidos en 1958 mostraban una técnica más ambiciosa. El Bonaparte de 1962 fue la síntesis de todo lo aprendido.
UNA FÁBRICA REPARTIDA EN UN SOLO HOMBRE
Papelero, dibujante, grabador, químico de tintas, mecánico, impresor, numerador y distribuidor eran oficios distintos dentro de una imprenta de seguridad. Bojarski asumió todas esas funciones para evitar proveedores, empleados y testigos.
El Bonaparte que parecía auténtico incluso en el banco
La reforma monetaria francesa hizo que, desde 1960, cien francos antiguos equivalieran a un nuevo franco. Entre los nuevos billetes destacaba el de 100 nuevos francos «Bonaparte», equivalente a 10.000 francos antiguos. Medía 172 por 92 milímetros y mostraba en el anverso el retrato del joven Napoleón Bonaparte junto al Arco de Triunfo; en el reverso repetía el retrato ante los estandartes de las campañas de Italia y Egipto y la cúpula de los Inválidos. La filigrana presentaba el perfil de Bonaparte.
Bojarski se instaló en 1960 en el número 33 de la avenida de Sénart de Montgeron, una casa que había ayudado a concebir y en la que pudo ocultar un espacio bajo el taller. Los primeros ensayos del nuevo billete comenzaron a finales de 1961 y las falsificaciones entraron en circulación en noviembre de 1962.
Para cada cara preparó cuatro planchas tipográficas correspondientes a los colores, además de una plancha de cobre para la talla dulce. Tuvo que reproducir también la numeración, las firmas, la filigrana y el registro exacto entre las distintas pasadas. El resultado no era perfecto bajo un examen especializado, pero sí lo bastante convincente para superar las comprobaciones normales de comerciantes, oficinas y cajas bancarias.


Piezas de la colección de la Banque de France conservadas por Citéco. Billete auténtico, inventario B006500; falsificación «Bojarski», inventario B011050. Pinchando sobre las imágenes se hacen más grandes.
Las diferencias que acabaron identificando un «Bojarski»
Decir que estos billetes eran indistinguibles necesita una precisión. Lo eran en las condiciones habituales de circulación, no ante una comparación lenta realizada por especialistas que ya sabían qué buscar. Una vez agrupados varios ejemplares, las pequeñas desviaciones se repetían y se convertían en una firma involuntaria.
En los falsos Bonaparte se han señalado una hoja verde mal cerrada sobre el primer «1» del valor, una mecha del cabello más poblada, una posición ligeramente distinta de la cifra «100 NF» respecto al margen, la falta de una pequeña ramificación en un motivo estrellado de la parte superior izquierda y un rayado menos fino en algunas flores y frutos de la orla. La filigrana, aunque extraordinaria para una fabricación clandestina, resultaba algo más ancha que la oficial.
Ninguno de esos detalles gritaba por sí solo que el billete era falso. Había que conocerlos, disponer de un auténtico comparable y observar zonas de pocos milímetros. Esa dificultad explica que los ejemplares atravesaran controles ordinarios y llegaran a confundir incluso a profesionales acostumbrados a manejar dinero.
La institución sostiene que esta fue la única ocasión de su historia en la que reembolsó billetes falsos, al considerar que el público no contaba con medios para separar con seguridad las imitaciones de los originales. No significa que declarara auténticas las piezas de Bojarski: reconoció que su falsedad no podía exigirse razonablemente a quien las había recibido de buena fe.
Cómo convirtió cada billete falso en dinero auténtico
La calidad de impresión solo explicaba una parte de su supervivencia. El otro secreto era la distribución. Bojarski evitaba inundar un barrio o entregar muchas piezas a una misma persona. Viajaba a distintas regiones, realizaba compras de escaso importe con un único billete y regresaba con el cambio en moneda auténtica.
La dispersión geográfica dificultaba construir un mapa útil. Un billete podía descubrirse lejos del comercio donde se había utilizado y después de pasar por varias manos. El vendedor recordaría una operación ordinaria, no a un cliente que intentó colocar una cantidad sospechosa. El falsificador, entretanto, transformaba paulatinamente el papel fabricado en su casa en efectivo legítimo y, más adelante, en bonos del Tesoro.
Según la Banque de France, llegó a poner en circulación alrededor de 25.000 billetes. La cifra no debe confundirse con 25.000 Bonaparte: reúne su actividad con los distintos tipos. Tampoco implica que todos fueran aceptados o que cada uno proporcionara su valor facial completo. Su sistema dependía precisamente de avanzar despacio y asumir el coste de los bienes comprados para obtener el cambio.
Trabajar solo lo protegía, pero también lo agotaba. Fabricar y distribuir competían por el mismo tiempo. Cuando la escala aumentó, confió parte de la colocación de los Bonaparte a Antoine Dowgierd y Alexis Chouvaloff. Después de más de una década evitando intermediarios, la organización que la policía había imaginado comenzó a existir en miniatura. Y esa fue la grieta definitiva.
Diez billetes juntos: el error que cambió la investigación
Durante años, los falsos habían aparecido de uno en uno. En 1963 llegó a la Banque de France una entrega que rompía el patrón: una decena de Bonaparte falsos reunidos en una misma operación. Habían sido utilizados para adquirir bonos del Tesoro en una oficina de correos parisina. La concentración ofrecía algo que nunca había proporcionado la dispersión de Bojarski: una transacción concreta, un lugar y la posibilidad de que un empleado recordara al comprador.
La policía alertó a los trabajadores postales. Cuando uno de los sospechosos regresó el 10 de diciembre de 1963, fue reconocido y su vehículo quedó identificado. La vigilancia condujo de Chouvaloff a Dowgierd. El 17 de enero de 1964 ambos fueron detenidos con más billetes y terminaron señalando a Bojarski.
La investigación que no había podido seguir miles de billetes dispersos avanzó gracias a una sola acumulación. No fue la Banque de France la que mejoró de repente sus análisis ni una nueva medida de seguridad la que señaló el taller. Fue un cambio de comportamiento: los colaboradores intentaron convertir demasiado papel falso en un activo auténtico dentro de una operación fácilmente rastreable.
La trampilla, el líquido derramado y lo que puede afirmarse
El registro de la casa de Montgeron confirmó hasta qué punto Bojarski había pensado en el ocultamiento. El acceso al taller se confundía con el suelo y el espacio clandestino quedaba bajo una zona de trabajo aparentemente normal. Allí estaban las prensas, las planchas, las mallas para la filigrana, los dispositivos inventados por él y miles de falsos Bonaparte.
Una versión repetida desde hace décadas cuenta que un policía derramó accidentalmente agua o café y observó cómo el líquido desaparecía por la junta de la trampilla. El detalle es magnífico y puede proceder de un relato contemporáneo, pero no aparece en las síntesis oficiales actuales con la misma claridad que la existencia del taller. Por eso conviene separar las dos afirmaciones: el escondite bajo la casa está documentado; el modo fortuito exacto en que fue descubierto pertenece a la narración periodística del caso.
LO DOCUMENTADO Y LO LEGENDARIO
La historia no necesita el vaso derramado para ser extraordinaria. La policía encontró un taller completo bajo una vivienda familiar, y las reconstrucciones posteriores demostraron que su propietario podía manejarlo sin la ayuda del supuesto equipo internacional que todos buscaban.
Catorce reconstrucciones para demostrar que había trabajado solo
Los investigadores dudaban de que una sola persona pudiera dominar todas las fases. Bojarski, herido en su orgullo técnico, sostuvo que no existía la gran organización buscada por la policía. Entre febrero y julio de 1964 se realizaron catorce sesiones de reconstrucción en el propio taller, ante expertos judiciales y técnicos de la Banque de France.
El detenido volvió a preparar materiales, manejó sus aparatos y explicó el encadenamiento de las operaciones. Los peritos pudieron comprobar que sus máquinas no eran decorado y que sus conocimientos alcanzaban desde la formación del papel hasta la impresión en talla dulce. La lentitud del grabado hacía verosímil que cada nuevo tipo de billete necesitara muchos meses de trabajo antes de llegar a la circulación.
El informe pericial de diciembre de 1964 consideró que los 3.872 falsos Bonaparte sometidos a examen pertenecían a una misma fabricación y que Bojarski tenía capacidad para producirlos con el material encontrado. La investigación había buscado una estructura porque el resultado parecía industrial. Las demostraciones obligaron a aceptar una explicación más desconcertante: la estructura era el conocimiento acumulado por un artesano solitario.
El juicio del «Cézanne de la falsa moneda»
El proceso se celebró ante el tribunal del jurado del Sena en mayo de 1966. La prensa de la época describió con admiración técnica unas falsificaciones que habían desconcertado durante trece años a los especialistas, pero el tribunal juzgaba un ataque grave contra la confianza pública, no una exposición de artes gráficas.
Bojarski fue condenado a veinte años de reclusión criminal. Cumplió trece antes de recuperar la libertad. La comparación con Cézanne o Rembrandt, repetida desde entonces, ayuda a expresar la calidad visual de sus billetes, pero también corre el riesgo de borrar lo esencial: cada pieza aceptada trasladaba la pérdida a un comercio, a un particular o al sistema monetario que garantizaba su valor.
En 1978, una fuga de agua en la modesta vivienda de Évry donde residía el matrimonio condujo al hallazgo de diez lingotes y 797 monedas de oro escondidos tras una cocina. La justicia volvió a ocuparse de los bienes de Bojarski y una nueva decisión terminó con su confiscación. El hombre que había transformado papel casero en activos auténticos perdió así una parte sustancial de lo que había logrado conservar.
Cronología del caso Bojarski
| Fecha | Hecho |
|---|---|
| 1912 | Nacimiento de Czesław Jan Bojarski en Łańcut, Polonia. |
| Navidad de 1950 | Primeros falsos de 1.000 francos «Minerve y Hércules» puestos en circulación. |
| 6 de enero de 1951 | La Banque de France detecta uno de los billetes e inicia la investigación. |
| 1958 | Aparición de los falsos de 5.000 francos «Tierra y Mar». |
| Noviembre de 1962 | Entran en circulación los 100 nuevos francos «Bonaparte» falsificados. |
| 1963 | Una decena de falsos utilizada conjuntamente en una operación postal permite concentrar la investigación. |
| 17 de enero de 1964 | Detención de Bojarski y descubrimiento del taller oculto en Montgeron. |
| Febrero-julio de 1964 | Catorce reconstrucciones técnicas confirman que podía realizar solo el proceso. |
| Mayo de 1966 | Condena a veinte años de reclusión criminal. |
| 1978 | Hallazgo de diez lingotes y 797 monedas de oro ocultos en su vivienda de Évry. |
| 2003 | Fallecimiento de Czesław Bojarski en Isère. |
La perfección que terminó señalando a su autor
Bojarski sobrevivió tanto tiempo porque eliminó casi todas las personas que podían conducir hasta él. No compraba papel moneda, no encargaba planchas, no contrataba impresores y durante años distribuyó personalmente la producción. La policía buscaba una organización porque cada fase parecía exigir un especialista distinto; su gran ventaja fue haber reunido esas especialidades en sí mismo.
Sin embargo, la misma evolución técnica que convirtió sus Bonaparte en una falsificación excepcional creó un patrón reconocible. Tres tipos de billetes separados por más de una década mostraban una continuidad de métodos y una mejora progresiva. Una vez descubierto el taller, las máquinas, las planchas y las reconstrucciones enlazaron definitivamente aquellas piezas con su fabricante.
La Banque de France había protegido durante siglos el valor de sus billetes mediante artistas, grabadores, papeleros, impresores y controles industriales. Czesław Bojarski intentó reproducir todo ese sistema bajo una casa de las afueras. No consiguió fabricar un billete absolutamente perfecto. Consiguió algo que, para los investigadores, resultó casi más difícil de explicar: uno lo bastante bueno para que el banco central aceptara que una persona corriente no podía saber que era falso.
Fuentes históricas y documentales principales
- Banque de France: «Fausse monnaie, vrai crime», con la síntesis oficial del caso Bojarski.
- Citéco: ficha del falso billete de 100 nuevos francos «Bonaparte» atribuido a Bojarski.
- Archives nationales de Francia: exposición «Faux et faussaires» y pieza procedente de la Banque de France.
- Archivo de Le Monde: crónica contemporánea del juicio de 1966.
- Dossier técnico sobre los tres tipos de falsificaciones y las reconstrucciones periciales.







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