GRANDES FALSIFICADORES · ENTREGA 4
Historias reales de quienes intentaron engañar a monedas,
bancos y Estados.
Las piezas de Carl Wilhelm Becker no estaban destinadas a pagar una comida ni a confundirse con el dinero que pasaba cada día de mano en mano. Su objetivo era mucho más selecto: los gabinetes de los príncipes, las colecciones de los grandes aficionados y el mercado europeo de monedas antiguas.
Becker grababa cuños de acero, acuñaba a martillo y reproducía en oro o plata algunas de las grandes rarezas griegas, romanas y medievales. A veces incluso transformaba monedas antiguas corrientes en supuestas obras maestras. El metal podía ser viejo; la moneda que aparecía sobre él acababa de nacer.
Durante años se movió entre comerciantes, eruditos y coleccionistas con la reputación de un excelente numismático. Johann Wolfgang von Goethe compró monedas en su establecimiento y un príncipe alemán le concedió el título de consejero de corte. Mientras tanto, sus creaciones entraban en colecciones privadas y públicas como si hubieran sobrevivido durante siglos.
La paradoja llegó después de su muerte: cuando las falsificaciones quedaron identificadas, dejaron de interesar únicamente como engaños. Hoy existen coleccionistas de «Becker auténticos», sus cuños se conservan en museos y sus monedas falsas poseen una historia numismática propia.

Un falsificador que no necesitaba poner sus monedas en circulación
La falsificación monetaria suele perseguir un propósito inmediato: fabricar una pieza que alguien acepte por su valor facial. Becker trabajaba en otro mercado. Sus compradores buscaban monedas que ya no circulaban y cuyo precio dependía de la rareza, la antigüedad, la belleza y la procedencia.
Aquello cambiaba por completo las reglas. No tenía que producir miles de ejemplares idénticos ni vencer los controles de una casa de moneda contemporánea. Debía convencer a personas que conocían la Antigüedad, manejaban catálogos y estaban dispuestas a pagar grandes cantidades por una pieza excepcional.
También contaba con una ventaja propia de comienzos del siglo XIX. Las grandes colecciones europeas crecían con rapidez, pero las herramientas para comparar ejemplares eran limitadas. No existían bases de datos fotográficas, análisis digitales ni archivos accesibles desde cualquier lugar. Un coleccionista podía conocer un tipo monetario únicamente por un grabado, una descripción o una visita realizada años antes.
Becker entendió que no bastaba con imitar el metal. Había que reproducir el lenguaje artístico de la época, el relieve, las leyendas, el aspecto de la acuñación a martillo y las señales de una larga vida. Su condición de comerciante de antigüedades le proporcionaba, además, acceso a compradores y a la información necesaria para saber qué deseaban encontrar.
Del comercio de vinos al mundo de las monedas antiguas
Carl —también citado como Karl— Wilhelm Becker nació en Espira el 28 de junio de 1772. Su padre estaba relacionado con el comercio del vino y esperaba que continuara el negocio familiar. Becker pasó por actividades muy distintas: comerció con vino, abrió un negocio textil en Mannheim y terminó declarándose en bancarrota en 1803.
Para entonces ya se interesaba por las monedas y las antigüedades. En 1806 aparece documentado como orfebre en Mannheim y ese mismo periodo proporciona las primeras noticias claras sobre su capacidad para reproducir monedas griegas de oro.
Algunas biografías antiguas aseguran que se formó como grabador y abridor de cuños en la Casa de la Moneda de Múnich. La investigación moderna es más prudente: no puede establecerse con seguridad dónde aprendió y una parte de su formación pudo ser autodidacta. Lo indudable es el resultado. Becker llegó a dominar el grabado en acero y la acuñación manual con una habilidad que sus contemporáneos consideraron extraordinaria.

La moneda falsa que pudo convertirlo en falsificador
La biografía de Becker contiene una escena irresistible. Según el relato difundido años después, compró a un noble una supuesta moneda de oro del emperador Cómodo y descubrió que era falsa. Cuando protestó, el vendedor le habría respondido que la culpa era suya por entrar en un terreno que no conocía.
Becker habría reaccionado estudiando las monedas antiguas hasta ser capaz de fabricar una falsificación y vendérsela al mismo hombre. La víctima se convertía así en falsificador y devolvía el engaño a quien lo había humillado.
La historia procede de testimonios familiares y de reconstrucciones posteriores. No existe documentación contemporánea suficiente para presentarla como el origen demostrado de su actividad. Puede contener una experiencia real, una exageración destinada a justificar su conducta o una narración construida cuando Becker ya era famoso.
LO DOCUMENTADO Y LO LEGENDARIO
Está documentado que Becker trabajaba con monedas y antigüedades a comienzos del siglo XIX y que en 1806 ya reproducía piezas griegas de oro. La compra de la falsa moneda de Cómodo puede explicar su motivación, pero no debe confundirse con un hecho probado.
«Antiken-Becker»: la respetabilidad como instrumento
Hacia 1814, Becker entró en el entorno del príncipe Carl de Isenburg, aficionado a las monedas y a las antigüedades. El príncipe lo nombró bibliotecario y le concedió el título de Hofrat, consejero de corte. Para un comerciante, aquella posición era mucho más que un honor: otorgaba respetabilidad, facilitaba relaciones y reducía la desconfianza de los posibles compradores.
En Offenbach se hizo conocido como Antiken-Becker, «Becker el de las antigüedades». Reunió monedas, gemas, pinturas y otros objetos; recibió a coleccionistas y se presentó como un experto capaz de localizar piezas notables.
En 1815 fue visitado por Goethe, que también se interesaba por la numismática. El escritor lo describió como un excelente conocedor de monedas y adquirió piezas en su establecimiento. Eso no permite afirmar que las compras de Goethe fueran falsificaciones, pero muestra hasta qué nivel había ascendido la reputación de Becker.
Su posición social formaba parte del engaño. Una moneda extraordinaria presentada por un desconocido podía despertar sospechas; la misma pieza ofrecida por un consejero de corte, coleccionista y comerciante bien relacionado llegaba acompañada de una procedencia aparentemente tranquilizadora.
Cómo nacía una moneda de Becker
Becker no se limitaba a obtener un molde de una moneda auténtica. Estudiaba el tipo que pretendía reproducir y grababa sus propios cuños en acero. Algunas creaciones partieron de originales que pudo observar; otras se inspiraron en dibujos y publicaciones numismáticas, y ciertas piezas fueron invenciones que reunían elementos antiguos sin corresponderse exactamente con ninguna emisión real.
El trabajo exigía interpretar el estilo, no copiarlo mecánicamente. Un rostro griego, el retrato de un emperador romano o una leyenda visigoda tenían convenciones diferentes. Becker debía conseguir que la pieza pareciera producida por un grabador de otro tiempo y no por un artista del siglo XIX imitando la Antigüedad.
Los cospeles podían prepararse con metales acordes con la pieza imitada. Para determinadas falsificaciones utilizó monedas antiguas corrientes: las fundía para conservar una composición metálica verosímil o las reacuñaba directamente con sus nuevos cuños. Así, una moneda auténtica pero común podía desaparecer bajo los tipos de una gran rareza.
La acuñación se realizaba a martillo, como en buena parte de los periodos reproducidos. El resultado incorporaba pequeñas irregularidades propias del golpe, algo mucho más convincente que una superficie perfectamente uniforme. No todas sus obras alcanzaron el mismo nivel, pero las mejores captaban con notable precisión la fuerza del diseño y la forma de las letras.

El problema de una moneda recién nacida
Una buena acuñación todavía podía fracasar por parecer demasiado nueva. Una moneda supuestamente griega o romana debía mostrar desgaste, golpes, arañazos, oxidación o depósitos coherentes con siglos de circulación y enterramiento. Si todas esas señales parecían deliberadas, también podían denunciarla.
Aquí aparece otra de las imágenes inseparables de Becker. Se cuenta que introducía las monedas recién acuñadas en una caja con limaduras metálicas, la fijaba a su carruaje y recorría el camino entre Offenbach y Fráncfort. Las sacudidas producían roces y pequeñas marcas con una irregularidad difícil de conseguir trabajando cada superficie de forma individual.
El propio catálogo del Münzkabinett de Berlín presenta este procedimiento como una tradición transmitida —«se cuenta que»— y no como una operación demostrada para cada ejemplar. La idea encaja con la apariencia de muchas de sus piezas, pero conviene mantener esa diferencia entre una técnica materialmente posible y la certeza documental.
Las monedas que hoy se atribuyen a Becker muestran estados muy distintos. Algunas pudieron ser terminadas y envejecidas por él; otras fueron acuñadas después de su muerte con sus cuños, en metales baratos y sin el mismo cuidado. Compartir cuño no significa necesariamente compartir fecha, intención ni calidad.
Imitar las grandes obras de la moneda antigua
Becker no escogía únicamente tipos fáciles. Se atrevió con algunas de las monedas más admiradas de la Antigüedad, entre ellas las grandes piezas de plata de Atenas y Siracusa. Eso multiplicaba el beneficio potencial, pero también sometía su trabajo a la comparación con diseños conocidos por los mejores especialistas.
Uno de sus cuños conservados en Berlín inventa una decadracma de Siracusa con la cabeza de Aretusa, cuatro delfines y la firma del célebre grabador griego Cimón. Becker no reproducía solo una imagen antigua: se apropiaba incluso de la firma artística que convertía la pieza en una obra excepcional.


La red que alejaba al fabricante de la venta
El prestigio de Becker no explica por sí solo la difusión de sus monedas. Las fuentes históricas señalan que parte de la producción se vendió mediante intermediarios de Fráncfort y otros comerciantes. Esa separación protegía al fabricante: quien descubría una falsificación podía reclamar al vendedor inmediato sin llegar necesariamente al hombre que había grabado los cuños.
Sus desplazamientos por Alemania, Suiza e Italia ampliaron el círculo de contactos. En 1810 realizó una operación con el gabinete numismático de Brera, en Milán, aunque la documentación conservada no permite determinar con seguridad cuántas de las piezas vendidas eran falsas. El episodio muestra la facilidad con la que podía presentarse ante una institución cultural como comerciante experto.
Becker no necesitaba afirmar personalmente que cada moneda había salido de una excavación concreta. Bastaban una atribución atractiva, el aspecto adecuado y una cadena de propietarios o intermediarios que hiciera difícil reconstruir el origen. En el mercado de antigüedades, la confianza depositada en las personas podía ser tan importante como el examen del objeto.
El falsificador se presenta como fabricante de reproducciones
Las sospechas terminaron acumulándose. Entre 1825 y 1826, el numismático italiano Domenico Sestini advirtió sobre las monedas de un falsificador «transalpino» y después señaló directamente a Becker. Los ejemplares ya no podían considerarse errores aislados de atribución: comenzaban a reconocerse como una producción coherente.
Becker respondió modificando la naturaleza de su actividad. Según su defensa, no había querido engañar, sino fabricar imitaciones para los aficionados que no podían adquirir las grandes rarezas originales. Aquellas piezas tendrían una finalidad didáctica y decorativa.
El argumento podía servir para las monedas ofrecidas abiertamente como copias, pero no explicaba las ventas anteriores realizadas como si se tratara de originales ni la utilización de intermediarios. Sus propios diarios y la documentación comercial estudiada posteriormente muestran una realidad mucho más difícil de conciliar con la inocente reproducción para el estudio.
Para respaldar su nueva posición, publicó un catálogo con 296 «imitaciones». Desde ese momento podían comprarse series de piezas conociendo quién las había fabricado. Era una maniobra defensiva, pero también el comienzo de la transformación que terminaría convirtiendo sus falsificaciones en objetos coleccionables.

331 tipos: el tamaño de una ceca particular
Los primeros catálogos publicados después de su muerte ampliaron la producción conocida hasta 331 tipos. La cifra no representa necesariamente todas las variantes ni permite saber cuántos ejemplares acuñó Becker de cada una, pero revela una ambición extraordinaria.
| Grupo reproducido o inventado | Tipos catalogados |
|---|---|
| Monedas griegas | 133 |
| Monedas romanas | 136 |
| Monedas visigodas | 25 |
| Moneda merovingia | 1 |
| Monedas carolingias y de emperadores posteriores | 19 |
| Monedas medievales y modernas diversas | 7 |
| Monedas de necesidad | 9 |
| Moneda del condado de Isenburg | 1 |
| Total catalogado | 331 |
Cada tipo necesitaba normalmente un cuño de anverso y otro de reverso. De ahí que las fuentes históricas hablen de bastante más de 600 cuños. El Münzkabinett de Berlín conserva actualmente casi 600, junto con diarios y documentación personal que permiten estudiar la actividad de Becker desde algo mucho más sólido que las leyendas.
La muerte del falsificador no detuvo sus cuños
Carl Wilhelm Becker murió en Bad Homburg el 11 de abril de 1830. No había sido condenado por falsificación, aunque su reputación había quedado gravemente dañada y sus monedas ya eran objeto de advertencias y catálogos.
Los cuños sobrevivieron a su autor y continuaron utilizándose. Martin Seidenstricker, segundo marido de su viuda, comercializó nuevas acuñaciones y más tarde los propios cuños. Aparecieron series en plomo, estaño o bronce destinadas abiertamente a mostrar los diseños, pero también se multiplicó la dificultad para separar las piezas fabricadas por Becker de las obtenidas después.
En 1910, su hija Elise entregó al museo de Saalburg cientos de cuños. Al año siguiente, por orden del káiser Guillermo II, fueron trasladados a Berlín en cinco cajas que superaban conjuntamente los 300 kilogramos. Permanecieron allí durante más de un siglo como depósito y en 2025 pasaron oficialmente a ser propiedad del Münzkabinett.

Cómo se identifica hoy un «Becker»
Los catálogos de Moritz Pinder y George F. Hill numeraron los tipos conocidos y permitieron relacionar muchas piezas con sus cuños. En la actualidad, la comparación con los instrumentos conservados en Berlín ofrece una prueba mucho más precisa: si los relieves, letras y pequeños defectos coinciden, puede establecerse el vínculo con un cuño concreto.
La atribución, sin embargo, tiene varios niveles. Una moneda puede haber sido concebida, grabada y acuñada por Becker; puede ser una acuñación posterior realizada con un cuño genuino suyo; o puede tratarse de una copia moderna de una falsificación de Becker. El nombre del falsificador no resuelve automáticamente quién fabricó el ejemplar material ni cuándo lo hizo.
También debe distinguirse entre la reproducción de una moneda auténtica y la creación de una pieza de fantasía. En el segundo caso no existe un original antiguo exacto: lo que Becker imitó fue el estilo y la posibilidad histórica de una emisión que nunca tuvo lugar.
La paradoja del «Becker auténtico»
En el mercado actual, «auténtico Becker» no significa que la moneda antigua sea auténtica. Significa que la falsificación puede atribuirse realmente a Becker o a sus cuños, y no a alguien que haya copiado posteriormente su trabajo.
Cronología del caso Becker
| Fecha | Hecho |
|---|---|
| 28 de junio de 1772 | Nacimiento de Carl Wilhelm Becker en Espira. |
| 1803 | Quiebra de su negocio textil; aparecen también las primeras noticias de su comercio numismático. |
| 1806 | Trabaja como orfebre en Mannheim y es relacionado con reproducciones de monedas griegas de oro. |
| Hacia 1814 | El príncipe Carl de Isenburg lo nombra bibliotecario y consejero de corte. |
| 1815 | Goethe visita a Becker y adquiere monedas en su establecimiento de antigüedades. |
| 1825–1826 | Domenico Sestini denuncia públicamente sus falsificaciones; Becker se presenta como fabricante de imitaciones. |
| 11 de abril de 1830 | Fallecimiento de Becker en Bad Homburg. |
| 1836 y 1843 | Publicación de los primeros grandes catálogos de sus cuños y monedas falsas. |
| 1910–1911 | Los cuños entregados al museo de Saalburg son trasladados al Münzkabinett de Berlín. |
| 2023–2025 | Los diarios y documentos de Becker se reúnen con sus cuños en Berlín; el conjunto de herramientas pasa definitivamente al museo. |
Cuando la falsificación adquiere una historia propia
Becker perjudicó a coleccionistas que pagaron por antigüedades inexistentes y contaminó colecciones con objetos presentados bajo una identidad falsa. Su talento artístico no elimina la intención engañosa que muestran muchas de sus operaciones.
Pero la conservación de los cuños produjo un resultado inesperado. Las piezas pudieron estudiarse, compararse y atribuirse. Lo que nació para borrar la distancia entre lo antiguo y lo moderno terminó proporcionando una documentación excepcional sobre cómo se falsificaban monedas para el coleccionismo en el siglo XIX.
Una moneda de Becker ya no engaña cuando se vende y se conserva por lo que realmente es. Entonces deja de competir con la Grecia, la Roma o la Edad Media que pretendía imitar y pasa a contar otra historia: la de un hombre que conoció tan bien el deseo de los coleccionistas que consiguió fabricar las rarezas que esperaban encontrar.
Fuentes históricas y documentales principales
- Diccionario biográfico de maestros de ceca, ensayadores, abridores de cuños y medallistas: ficha de Carl Wilhelm Becker.
- Staatliche Museen zu Berlin: historia de los diarios, documentos y cuños conservados en el Münzkabinett.
- Catálogo del Münzkabinett de Berlín: objetos, monedas y cuños vinculados a Becker.
- Museo Arqueológico Nacional: pieza de plata de Becker acuñada en 1825–1826.
- Bernhard Weisser: estudio de 2024 sobre los objetos y documentos de Carl Wilhelm Becker.
- George F. Hill: Becker the Counterfeiter, estudio histórico y catálogo publicado en 1924.







Deja un comentario